La tierra conocía mi nombre, el cansancio entre las grietas de las estaciones que cargaba en las ojeras, los cielos derrumbados, las promesas de polvo, lo que mis labios sellaban; pero no, los sueños.
Me hizo transitar por jardines de espejos, donde las flores escondían espinas en la sombra y sus ramas abrazaron los últimos pedazos de mi calma, rasgándome las sonrisas que habían brotado en primavera y vistiendo de rojo los otoños.
Dejó al descubierto el desierto de arcilla en se que había convertido mi figura y los cimientos abandonados por el peso de las tormentas de arena.
Bajo capas de barro y flores secas fui prisionera, olvidando el lenguaje del sol.
¡Hoy! Solo siento el ruido del viento refugiándose entre mis costillas.
